Ante el inicio de un nuevo año escolar se ha instalado el debate de las clases y la presencialidad y una nueva fuente de conflicto.

Lamentablemente estamos en un país donde todo se toma como “la madre de las batallas”, donde en las fuertes divisiones alentadas desde los diferentes sectores hacen que cualquier tema sea un atacar a otro y buscando llevar agua para su molino, en especial en un año electoral.

Frente a esto no cabe duda de las ventajas y la necesidad de la presencialidad, en especial en algunos niveles, como el inicial, primeros años del ciclo primario, ciclo básico. En otros hay espacios que la tecnología hoy permitiría trabajar a distancia. Y en otros la presencialidad es esencial como las prácticas.

Ahora bien, la presencialidad debe darse con los protocolos adecuados, y estos protocolos deben tener en cuenta las realidades de nuestros docentes y nuestras escuelas. Docentes que trabajan en dos, tres y más escuelas, establecimientos con baños deteriorados, sin agua, donde la lavandina debe ser pagada por la cooperadora, aulas superpobladas, con escasa ventilación, etc., etc.


Otro tema para pensar es si se protege al docente, donde quien esté al frente de un aula en forma presencial al menos debería haber tenido la oportunidad de haber recibido las dos dosis necesarias de las vacunas, así como su familia.

Ya hay estudios que en Europa demuestran el aumento exponencial de contagios entre niños en las aulas. Casos que, si bien la mayoría no reviste gravedad son focos de contagios en sus casas a padres y abuelos.
Llama la atención dichos tendenciosos que “no tuvieron clases”.
Clases hubo, no hubo presencialidad.


Lo que quedó en evidencia son los buenos docentes que se preocupan, planifican, se acercan a los alumnos, y aquellos que no planifican ni se interesan en las clases presenciales.

Hubo docentes que han buscado nuevas estrategias, otros, que sólo mandaban archivos pdf. Es lo mismo que ocurre en el aula presencial, quienes buscan innovar y quienes entienden que enseñar es dar una clase magistral, donde se explica y el que entiende entiende.

También quedó en evidencia la profunda desigualdad en el acceso a las tecnologías como computadoras, acceso a internet. Y esto no sólo en las zonas rurales sino en lugares cercanos al centro de la ciudad. Esto demostró también que no se trata de “repartir” computadoras como un regalo, sino que va mucho más allá.

Otro tema que quizá se demostró es la dificultad que tienen algunos alumnos en tomar sus tareas como responsabilidad propia, sin que los padres tengan que tomar el lugar del docente. Esto que se da en la presencialidad, con padres que quizá tienen que “sentarse” a hacer la tarea con sus hijos o “explicarles” las cosas creo también se ha evidenciado.

Cuando mis hijos fueron a la escuela solos debían hacer sus tareas y cuando algo no entendían había que preguntar al docente.
Este último año, creo que los buenos docentes no han estado presentes físicamente, pero lo han estado más aún mediante el e-mail, WhatsApp a toda hora para responder las dudas de sus alumnos.

Por ello, no se discute el valor de la presencialidad, en las condiciones adecuadas y cuidando a los alumnos y al docente.
Mientras tanto, es falso que los alumnos “no tienen clases”. Clases tuvieron y la tendrán… tenemos momentáneamente limitada la presencialidad.

Una «presencialidad» sin las condiciones adecuadas será un nuevo «como si»… que nada aportará.

Vaya el reconocimiento a todos aquellos docentes que en esta emergencia han sostenido y sostienen las clases.
¿Qué opinan? ¿Cuál ha sido su experiencia?


Mag. Daniel MARTÍNEZ ZAMPA
Profesor en Cs. Jurídicas.
Docente de Nivel Secundario, Terciario y Universitario.
Magíster en Administración y Resolución de conflictos.
www.todosobremediacion.com.ar

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