AUTOR: PABLO ALCARAZ
LIC. EN SOCIOLOGÍA
E-mail :alcarazpablo323@gmail.com
Quería compartir unas reflexiones sobre un problema que nos preocupa cada día más: las amenazas en nuestras escuelas.
Como todos sabemos, hace unos años, una amenaza en un colegio eran casos aislados, casi una anécdota algo perturbadora. ¡¡Hoy!!, se ha convertido en una sombra que se mueve en los pasillos, en los chats de los alumnos y, lo que es peor, en la mente de nuestros hijos. Ya no es un «asunto de otros», es nuestro asunto, está aquí, en nuestra comunidad.
Lo primero que me pregunto es: ¿de dónde viene este cambio?
Creo que no hay una sola respuesta. Es una tormenta perfecta. Por un lado, tenemos un mundo digital que amplifica todo a su alrededor. Un comentario de enojo, una broma de mal gusto o una venganza personal puede escalar en cuestión de minutos gracias a las redes sociales, convirtiendo un conflicto pequeño en una crisis pública y tal vez aterradora. La línea entre lo virtual y lo real se está borrando, y los adolescentes, que están en plena construcción de su identidad, “a veces no miden las consecuencias de lo que publican”.
Por otro lado, está el factor emocional. La ansiedad, la soledad, la frustración y el sentirse excluido son caldos de cultivo peligrosos. Una amenaza, aunque sea vacía, puede ser un grito desesperado de alguien que se siente invisible, que busca atención de la peor manera posible porque no sabe cómo pedir ayuda de otra forma. Y ahí está nuestro primer gran desafío: ¿cómo diferenciamos el grito de auxilio de la intención real de hacer daño?
Como sociedad, y en particular como la comunidad educativa, hemos reaccionado con más protocolos, más cámaras, más policías en las entradas. Y entiendo que la seguridad física es prioritaria, es el primer pilar. Pero me temo que si solo nos enfocamos en construir muros más altos, estamos tratando el síntoma, no la enfermedad. Estamos respondiendo al miedo con más miedo, y eso nos está llevando a un ambiente de desconfianza, donde cada alumno es un sospechoso potencial.
Creo que el cambio de enfoque que necesitamos es profundo. Tenemos que pasar de un modelo de «reacción a la amenaza» a uno de «prevención de la causa». Y esto nos compete a todos: a los docentes, a los padres, a los alumnos, a la dirección de cada establecimiento.
Para los docentes: no solo son transmisores de conocimiento, sino que ahora también son detectores de alertas tempranas. Por supuesto que necesitan herramientas y formación para identificar cambios de comportamiento, para generar un clima de confianza donde un alumno se sienta seguro para contarles que un amigo, un compañero, un hermano no está bien, sin miedo a sentirse un «acusador».
Para nosotros los padres: es el momento de no decirnos el «eso no pasa en mi casa» y mirar de frente a nuestros hijos. Hablarles no solo de sus notas, sino de sus amigos, de sus miedos, de lo que ven en sus pantallas. Hay que conectar con ellos, aunque a veces nos den la espalda, es nuestra mejor defensa.
Y para los propios alumnos: hay que empoderarlos (me refiero a cambiar el rol de los alumnos de ser meros espectadores o víctimas potenciales, a convertirlos en agentes activos y responsables de la seguridad de su propia comunidad). Crear canales anónimos y seguros para que puedan reportar algo que les preocupe, sin ser estigmatizados. Enseñarles que cuidarse entre ellos, que «no es ser soplón» cuando se trata de la seguridad de todos, es un acto de valentía y responsabilidad.
En definitiva, creo que la amenaza real no es solo la que se escribe en un baño o se publica en un grupo de WhatsApp. La verdadera amenaza es la desconexión. Es que un joven se sienta tan solo, tan enojado o tan invisible que la única salida que ve es asustar a los demás.
Nuestra tarea (como adultos) , entonces, es gigante. Se trata de reconstruir el tejido social de nuestras escuelas. De crear espacios donde la empatía sea más importante que la popularidad, donde hablar de salud mental sea tan normal como hablar de matemáticas, y donde cada niño y cada joven sienta que pertenece, que es visto y que importa.
No es fácil y no hay soluciones mágicas. Pero creo firmemente que la respuesta más poderosa contra la violencia y el miedo no es más el control, sino es más conexión. Es mirarnos a los ojos y decidir que vamos a cuidar a nuestros niños, no solo encerrándolos, sino entendiéndolos.
Link sugeridos a videos del canal de YouTube de Todo Sobre Mediación relacionados con la temática:
Amenazas en las escuelas: respuestas rápidas… ¿soluciones reales?
Hay que incorporar detectores de problemas no de armas.
