Por: Gabriela Fernández Mántaras
gfernandezmantaras@gmail.com

La primera mirada del conflicto llega administrativamente con los titulares que exhiben los papeles, en una síntesis dramática y extrema de los acontecimientos. La invitada, había agredido al solicitante y éste la denunció.  

Nos habían elegido para realizar por medios virtuales la mediación. Nos conectamos con Betania unos minutos antes para coordinar detalles. Nos conectaríamos por WhatsApp. Sugerí utilizar también utilizar el WhatsApp web para poder escribirnos por privado. Sería una adaptación a la virtualidad de la P que a veces escribimos en el papel para sugerir veladamente nuestra opinión respecto a que el conflicto requiere sea abordado por separado en reunión privada o caucus (y sólo escribimos una P). Similar a la pequeña patadita bajo la mesa del centro de mediación de la defensoría, o cualquier otro recurso que utilizamos cuando compartimos el estar en cuerpo, alma y materialidad en el mismo reducto físico y real. (Muchas palabras para insistir y darnos cuenta que estamos presentes, también, en las mediaciones virtuales).

Betania solo tenía disponible, en este día feriado, su teléfono. Así que sería imposible comunicarnos por WhatsApp web. Entre las dos acordamos hacer un gesto para avisar que enviamos por escrito un mensaje al WhatsApp que estábamos usando. Para leerlo habría que   cambiar de pantalla y tratar que no se note que estábamos viendo otra cosa.

También coordinamos: quien empieza a hablar, quien arma la video llamada, los formularios a llenar, etc. Todo calculado y previsto

Empieza la odisea de la conexión.

La agresora (mencionamos así considerando su posición) se conectó en seguida con una conexión débil que no dejaba ver su cara, así que durante toda la mediación tuvimos que inferir su estado emocional sólo con su voz, lo cual requirió chequear constantemente si escuchábamos lo que escuchábamos desde la emoción que creíamos inferir. Siempre teniendo en cuenta que había sido supuestamente la que reaccionó violentamente. Esta cuestión concebida, no como preconcepto, sino como hipótesis a chequear para saber si estamos hablando pacíficamente o si estamos acordando porque tiene una denuncia. Si fuera así, al apagar las cámaras el conflicto se reinicia.

El denunciante, también tenía problemas de conexión, no lo podíamos ni ver ni oír, pero nos escribía manifestando su intención de participar. En mi computadora, tenía sus audios y textos y en el teléfono un recuadro negro que decía “conectando” …. Intentamos con varios números que nos proporcionó y él fue buscando distintos lugares y » casi sin querer» fuimos creando la idea de diálogo, el clima cordial, » viendo» los malos entendidos que podrían surgir, » escuchando» los pajaritos que cantaban más fuerte que nuestras voces. También » casi sin darnos cuenta» gestionamos emociones en encuentros privados en los que advertimos que el conflicto había cedido en su hostilidad antes de nuestra intervención. En medio de tantos cortes, tomamos mates individuales en la tranquilidad de nuestra casa “improvisamos» un discurso de apertura que se mezclaba con cuestiones técnicas y nos enteramos «al pasar» (herramientas invisibles) que había más personas para traer a la virtual mesa de mediación. 

Ella venía dispuesta a demostrar que la agresión no pasaría a mayores, como un acusado frente a jueces diciendo lo que debe decir. Fue entonces cuando hubo que reiterar que es un espacio de diálogo y que nos olvidamos del cartelito en la solapa que los presenta como agresor y víctima, todo expresado en palabras que en nada se parecen a lo que ahora escribo.  Entre todas las herramientas que navegaban por la red preguntamos ¿Hay algo que le pedirías al solicitante? (Imagino la cara de sorpresa porque ya la he visto en otras personas. Supongo que su mente pregunta ¿Cómo, no soy la acusada, también puedo pedir?) Solo escuchamos una voz más relajada que sale de una imagen pixelada y que plantea con empoderada actitud, lo que ella también necesita, lo que le molesta, lo que querría que fuera distinto. Lo que dice, lo dice mientras preguntamos un poco más para entender el lenguaje limitado por la educación, generalizaciones y supresiones. Y así, parafraseando con palabras fáciles, tomando algunas expresiones que ellos repiten, fuimos enlazando el diálogo que mantenían. Escuchamos al denunciante que ahora ya era el vecino. Un vecino que es nuevo en el barrio y que no quiere tener problemas que quiere convivir con sus pares con el debido respeto de su espacio.  Lo que parecía un final feliz, nos complicó como mediadores. Ellos sabían cuál era el espacio del que hablaban, pero nosotras estábamos perdidas en los pixeles. Volvieron las preguntas y entendimos que el espacio de uno de los vecinos es el espacio de todos los vecinos. Todo lo que quieran hacer en sus vidas molesta a todos, invade, puede generar nuevos conflictos y el único modo de resolverlo es comunicándose.

Denunciante y agresora se transformaron en vecinos, recordaron sus nombres, se reconocieron como un otro que reconoce a ese otro, que tienen muchos problemas y carencias comunes y que quieren convivir en paz. El vecino solicitante de la mediación le dice a la invitada» El día de mañana, cuando mi hijo crezca un poco, va a salir a jugar con el tuyo”, Ella detiene el diálogo para volver a decir las disculpas que ahora se escuchan sinceras porque van acompañadas de otro tono de voz, con cierta calidez y con más palabras que auguran posibles acciones concretas y expresan reconocimientos de situaciones ocurridas que evitará repetir. En el caso que se repitan, se llamarán y hablarán. 

Con la velocidad de los nuevos tiempos, el conflicto se desprendió de los titulares y quedó virtual sabiendo que existe y quizá vuelva de otro modo, porque conviven con dificultades propias y ajenas importantes, pero   con el orgullo de haber solucionado ellos solos, celebrando el encuentro, el diálogo y la palabra … » conectando…» 

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