Por: Rafael Juarbe Pagán
E-Mail: rafaeljuarbepagan@gmail.com

En el debate diario, es común encontrarnos con un estilo de comunicación marcado por el cinismo y el sarcasmo. El cinismo y el sarcasmo, entendido como una actitud despectiva y desconfiada hacia los demás, ha formado parte de nuestra cultura. A menudo, se utilizan como herramienta para menospreciar las opiniones de quienes no comulgan con nuestra forma de pensar. Este enfoque, lejos de abrir espacios para un diálogo comprensivo, crea barreras y fortalece posturas extremas.

Es entendible que muchas personas defiendan su validez y vigencia, argumentando que es una reacción para fiscalizar acciones que consideran injustas o de valores cuestionables. Es natural que haya seguidores y admiradores que incentiven ese formato para que en él se demuestre que no ponemos la otra mejilla y reaccionamos con fuerza y dureza. El aplauso de este estilo no debería seducirnos como si fuera una aprobación de que hacemos lo correcto.

Reaccionar a una conducta con la que no coincidimos con una actitud similar no promoverá diálogos de separar la persona o las personas del problema. De hecho, una reacción cínica o sarcástica resulta siempre la salida más fácil para rebatir una postura contraria. Cuesta más energía, trabajo y esmero, pensar en cómo ser más persuasivos desde otras formas de comunicarnos.

Para avanzar hacia una sociedad que debata realmente situaciones para buscarle soluciones o alternativas, debemos conectar con los demás, incluso con quienes diferimos y con quienes no participan de nuestro modelo de organización social o política y mucho más cuando sus ideas difieren de las nuestras. Escuchar con atención y respeto, para encontrar puntos de convergencia y construir soluciones conjuntas, marcaría un paso importante ante diferencias aún cuando éstas sean muy notables.

En lugar de personalizar las conversaciones y atacar sus respectivos historiales e ideales, propongo centrarnos en presentar nuestras posturas, posiciones e intereses y buscar opciones constructivas. El debate no debe convertirse en un campo de batalla donde se desacrediten a quienes forman parte de ideales distintos, sino en un espacio donde se expongan ideas y se busquen consensos separando las áreas de diferencias para atenderlas con seriedad y profesionalismo. Al alejarnos de la personalización, podemos evitar el surgimiento de situaciones innecesarias, promoviendo un diálogo correcto sin desviarnos de los objetivos. 

No es ganar la discusión y obtener el aplauso lo que se deba perseguir, si la buena voluntad es realmente el propósito para encontrar soluciones conjuntas que nos beneficien sin distinciones. Por lo anterior invito a que encaminemos nuestras interacciones hacia un lenguaje menos cínico y sarcástico que alternativamente nos lleve a privilegiar el respeto a las diferencias, a la empatía y a asertiva comunicación.

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